martes, 21 de agosto de 2012

LA ESCUELA DE LA MAGISTRATURA Y SU VIGÉSIMO ANIVERSARIO





            Inaugurar el año judicial al concluir el mes de enero es una formalidad que en Salta se inició varios años antes que el Poder Judicial de la Nación hiciese lo propio. Esa apertura simbólica ocurrió por primera vez en 1992, año que marcó un hito en la administración de justicia de la Provincia debido no sólo a ese nuevo rito inaugural sino también  a que algunos meses más tarde, se concretaron los anuncios que se hicieron en aquella apertura.
            Fue un lunes 3 de febrero de 1992 cuando el entonces presidente de la Corte de Justicia Rodolfo J. Urtubey perfiló en su discurso los grandes rasgos del plan del Poder Judicial para el ciclo que se iniciaba, destacando dos objetivos a alcanzar: uno la informatización, ya en marcha, recibiría la necesaria intercomunicación de los edificios judiciales, dispersos por toda la ciudad de Salta en aquel tiempo. Esa red local fue germen de la actual red que vincula  hoy a oficinas judiciales de toda la provincia. El segundo objetivo que el discurso subrayó estuvo referido a un tema prácticamente desconocido para la gente: la Escuela de la Magistratura. “Este año será el momento en el que trataremos de llevar a buen fin una iniciativa surgida en el seno de los señores magistrados que es el proyecto de Escuelas Judiciales, en consonancia con los propósitos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y que encararemos a nivel regional en esta zona del país”, afirmó el presidente del Alto Tribunal. Seis meses más tarde, el 28 de julio de 1992,  se concretó  lo pronosticado, al firmarse la Acordada Nº 7303 que aprobó el proyecto de la Escuela de la Magistratura presentado por la Comisión Ad Hoc, constituida  por jueces de la Provincia, dejando así creada esa nueva institución judicial.
En agosto de ese mismo año se reunió en Tucumán la Junta de Superiores Tribunales del NOA; comprendiendo la importancia del paso que había dado el Poder Judicial de Salta para el perfeccionamiento de magistrados y funcionarios, esa Junta dispuso “elaborar un programa curricular y constituir un cuerpo de profesores común –sostenido por los Superiores Tribunales de la Región- para atender las necesidades de las Escuelas de las Magistraturas de las provincias del NOA, a entrar en vigencia en 1993”. Al año siguiente la Escuela de la Magistratura de la Provincia de Salta ya era considerada la más importante del país. Tal fue la relevancia alcanzada que cuando se produce en 1998 la reforma de la Constitución Provincial los constituyentes le otorgan rango constitucional, colocándola en la órbita del Poder Judicial, bajo dirección de la Corte de Justicia y con la participación de los jueces que integran ese poder.
            Quiso la casualidad que también en ese 1992 se creara otra institución destinada a mejorar el nivel de la administración de justicia: el primitivo Consejo de la Magistratura de la Provincia. Este primer Consejo fue establecido por Decreto Nº 1218/92 del Poder Ejecutivo Provincial. En un mismo año dos poderes distintos del Estado provincial establecieron instituciones destinadas al mejoramiento de la administración de justicia y selección y perfeccionamiento de los jueces y funcionarios que la integran. Ambos órganos alcanzaron años más tarde nivel constitucional; la reforma de 1998 incorporó al Consejo, con un proyecto algo diferente mientras que la Escuela, dado su consolidado prestigio, no fue definida en el texto sino que simplemente se dispuso su agregación a las atribuciones administrativas de la Corte de Justicia, asumiéndose de esta forma que el órgano ya estaba funcionando –y funcionando bien- desde años anteriores por lo que no resultaba necesario conceptualizarlo en la letra de la Constitución.
             En esta época donde la mayoría de las instituciones argentinas atraviesan una suerte de crisis existencial, de actividad sometida a crispaciones y quebrantos, este vigésimo aniversario de la Escuela de la Magistratura cumpliendo su rol  en beneficio de todos,  debiera tomarse como una señal de buen augurio, que promese  días más calmos y de mayor respeto hacia los otros, hacia el quehacer cotidiano de cada quien.    









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