martes, 25 de septiembre de 2012

La necesidad de una sonrisa


El pasado sábado 22 de septiembre Ariel Torres, editor del Suplemento Tecnología del matutino La Nación, dedicó su habitual columna semanal a un personaje casi desconocido para los argentinos, Scott Fahlman, bautizándola con un título imposible de pasar por alto: “El hombre que nos enseñó a sonreír”.  Teniendo en cuenta la crispación general que hoy se apodera de la población, empujando a algunos a manifestarse en la calle contra la gestión del gobierno nacional, y recibiendo como respuestas más crispación todavía al ser llamados “gusanos” (un ex diputado nacional) o advertidos que “pasarán sobre nuestros cadáveres” (un actual diputado nacional), creo que es bueno volver la mirada a algo que nos una a los argentinos, aún en el disenso, y el buen humor es una gran herramienta.
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“Los emoticones son una ciencia, mire. De hecho, fue un investigador de inteligencia artificial quien los inventó, Scott Fahlman, de la Universidad de Carnegie Mellon. Lo entrevisté en 2009 ( www.lanacion.com.ar/1159337 ), y estos días, revisando esa columna, caí en la cuenta de que las caritas cumplían ¡30 años!
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Fahlman creó los emoticones para evitar malentendidos en los foros electrónicos de Carnegie Mellon. Una idea brillantísima, porque una carita transforma la reconvención en complicidad, siembra el doble sentido, sugiere la ironía y suaviza la crítica. Es un decir sin palabras que responde a un hecho obvio, pero fácil de obviar: el chat es un diálogo sin entonación, gestos ni expresiones faciales. Sin mirarnos a los ojos. Sin siquiera bajar la vista. Al revés que otras propuestas previas para marcar bromas y sonrisas, las combinaciones :-) y :-( de Fahlman prendieron enseguida. Treinta años después no podríamos vivir sin sus smileys, como él prefiere llamarlas.
Se le ha observado a Fahlman que los grandes escritores nunca necesitaron de emoticones para expresarse. Scott refuta con elegancia estos dichos en su sitio sobre los emoticones ( www.cs.cmu.edu/~sef/sefSmiley.htm ); por mi parte añadiré, con menos gallardía, que esta crítica es delirante. Por supuesto que los escritores también necesitan emoticones. De hecho, los usan en el chat. Los evitarán en la literatura, a lo sumo, y esto, por dos motivos.
Primero, porque la mayor parte de la literatura fue escrita antes de 1948, cuando la primera sonrisita gráfica hace su debut en una película de Ingmar Bergman, Hamnstad.
Segundo, porque los textos epistolares son escasos. Esto quiere decir que en general los narradores están en primera o en tercera persona. Más simple: si Juan quisiera hacer lo mismo que un escritor sonaría tan inadecuado como una máquina tragamonedas en un convento. Nada más imagínese que, en lugar del típico Hola, Ana :), escribiese algo como:
Hola, Ana -dice Juan con una sonrisa que expresa su alegría por verte. Mínimo, Juan pasaría por un trastornadito con las destrezas de socialización de una ojiva nuclear.
Pero hay algo más.
En general sabemos que los autores escriben para nosotros, pero que no nos escriben a nosotros (ni siquiera en el género epistolar). Así que la función de los guiños, propia del diálogo y sujeta al contexto, queda mayormente desactivada.
Por otro lado, no creemos ni por un instante que los escritores tengan que expresar sus emociones con claridad. De hecho, la falta de claridad puede ser un recurso literario. En el chat, en cambio, origina con frecuencia roces, y cada tanto una riña.
Me apuntaba un amigo que antes, en las cartas y postales, no usábamos emoticones. Exacto, no los usábamos. Pasado. Hoy lo haríamos, si todavía enviáramos cartas de papel y postales de cartón. Los empleamos constantemente en las notas que dejamos pegadas en la heladera o la pantalla de un colega.
Además, ¿tanto trabajo cuesta ver el chat como lo que es? Es un diálogo, no una carta ni una postal; incluso como diálogo es algo completamente nuevo, con sus propias reglas y una dinámica única.
Todas estas cosas las vio, en un instante genial, Scott Fehlman, a quien le escribí el martes para desearle feliz cumpleaños ;) y para preguntarle qué sentía, después de tres décadas de esta invención que él tiene por modesta, pero que hoy es universal. Me respondió: "Luego de 30 años es todavía una sorpresa para mí que esta pequeña idea haya sobrevivido tanto. Es tan fácil hoy enviar una foto o un video, si querés sonreírle a alguien. Pero me imagino que el emoticón se ha convertido en parte de nuestro lenguaje, y podría sobrevivir durante tanto tiempo como sigamos enviando mensajes de texto".
Sabias palabras. Con todo, 30 años de emoticones parecen no ser suficientes para que todo el mundo incorpore este lenguaje de ideogramas emocionales. Observe.
Una de las costumbres más irritantes que existen en cualquier forma de diálogo textual (Messenger, Nimbuzz, Whatsapp, Skype, Facebook, Google Talk, SMS) es la de no usar emoticones. Pueden debatir hasta mañana si son importantes, pero si le mandás un SMS a tu mujer diciéndole:
Vamos al cine hoy?
Y te responde:
No tengo ganas de salir
Te vas a pasar las próximas cinco horas pensando qué metida de pata te mandaste. Tu respuesta emocional será diametralmente opuesta, si te escribe:
No tengo ganas de salir ;)
Así que no sé si son importantes, pero estoy seguro de que no son opcionales.
El que se abstiene de los emoticones vive causando tensión en su interlocutor. Es la clase de persona que te hace sentir todo el tiempo que está enojada. Después de veinte minutos de un intercambio sin sonrisas ni guiños, intentás indagar un poquito. Para qué. Es peor el remedio que la enfermedad. A la pregunta de si está todo bien responderá con un “Sí” tan seco que sólo servirá para confirmar tus sospechas.
En general, incurre en la falta de emoticones el recién llegado a la mensajería instantánea. No hay mal humor ni intención aviesa. Sólo ocurre que todavía no le tomó la mano a los emoticones.”
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Fragmento de la columna “El hombre que nos enseñó a sonreír”, de Ariel Torres
publicada en el diario La Nación, edición del sábado 22 de septiembre de 2012